viernes, 15 de enero de 2016

LOS PUEBLOS BLANCOS DE LA SIERRA DE CÁDIZ: DUENDE DEL SUR

Grazalema

Chambao canta que para ver el duende del sur solo hay que dejarse llevar y caminar por sus calles. La luz de sus pueblos, el calor de sus gentes, su sabor a azúcar y sal, su aroma de tierra y mar, es como un hechizo que quien lo percibe queda embrujado “pa siempre”, el perfume embriagador de la vieja Al-Andalus que impregna a la joven Andalucía.

En los PUEBLOS BLANCOS se concentra toda esta primitiva esencia, hasta en los nombres ¿Qué tal suena Benamahoma? Pues así uno tras otro Benaocaz, Grazalema… Nombres que son como títulos que desde el medievo no han variado. Se encuentran en la Sierra de Cádiz, al norte de esta provincia, en la vertiente oriental.


Entre el Parque Natural de la Sierra de Grazalema y la Sierra de Ronda se traza este mapa en un territorio agreste, verde y montañoso, al que se accede a través de sinuosas carreteras que trepan el abrupto relieve, donde los pueblos se ajustan y extienden como sábanas de cal.


Aunque los vestigios arqueológicos hallados en la zona confirman que ha estado habitada desde la noche de los tiempos, la arquitectura actual de estas localidades, sus callejuelas empinadas iluminadas por el fulgor de las fachadas blancas que destellan, casas de planta baja y azotea, una tras otra, como ayudándose a subir, grandes ventanas y balcones de forja donde cuelgan los geranios, patios repletos de macetas de colores y flores de más colores aún… La marcada herencia andalusí dibuja un diseño urbano fiel legado de esta cultura y si no fuera por las torres renacentistas de las iglesias, bien puede corresponder a los pueblos del norte de Marruecos.



La larga presencia de los musulmanes en esta comarca recóndita, de difícil acceso, fronteriza, sigue presente hasta nuestros días en todo, a cada paso, entre murallas y castillos testigos de un sinfín de batallas.



Un lugar serrano y fértil siendo el agua omnipresente, en sus ríos, fuentes y arroyos, un paraje calizo formado por varias sierras paralelas, en el estribo más occidental de la Cordillera Bética, donde la naturaleza se muestra generosa. De vegetación abundante, dependiendo de la altura desde alamedas a bosques de pinos y abetos y rico en fauna, muchos son los animalitos que se cobijan aquí, algunos nos acompañaron todo el camino distantes, en el cielo, incluso tuvimos la suerte de que un pequeño corzo nos diese la bienvenida.


Son numerosas las poblaciones que comprenden esta ruta por lo que es imposible de realizar en un solo día. A mí me resultó más cómodo conocer “Setenil de las Bodegas”, un lugar creado aprovechando el abrigo de la montaña excavada poco a poco por el río “Guadalporcún”, siendo la misma roca el propio techo de las casas, desde “Ronda” en Málaga, donde también hay un bello conjunto de pueblos blancos.


En el vídeo he resaltado las que me parecen más curiosas: “Arcos de la Frontera” y los arcos que culminan sus callejas; “Zahara de la Sierra” la vigía de todo su entorno, enclavada sobre lo alto de un cerro, domina todo el valle; “Grazalema”, curiosamente es el pueblo donde más llueve de España, tiene un microclima que la dota de un ecosistema único en la península además de alguna foto escaneada de Setenil.


Pero hay  más: “Ubrique” con una industria de marroquinería que data del siglo XVIII; “Villaluenga del Condado” rodeada de restos prehistóricos como las Cuevas de La Manga, con su dólmenes; “El Bosque” y su coto truchero, el más meridional de Europa; la bodega fundada por Carlos III en “Prado del Rey”; “Algar” cuyo nombre significa cueva y las campañas arqueológicas siguen actualmente; “Espera” de los pueblos más antiguos de toda la provincia; “Torre Alháquime”, al que los romanos llamaban lugar de descanso.

A perderte en los bares de “Alcalá del Valle” para disfrutar de la chacinería típica de la región y culminar en la Plaza Mayor de “Algodonales” comiendo un delicioso dulce en una de sus pastelerías… Y muchos, muchos más, cada uno, con un encanto especial.

2 comentarios:

  1. Al-Andalus y su refinada historia, inalterada en la cal blanca que recubre las fachadas de los pueblecitos que, como luciérnagas, se localizan diseminados a la vera de montes y sierras o anclados nostálgicamente a la vera de ríos y mares. Para comprender el Sur, hay que vivir el Sur y como bien dices, dejarse llevar por esos aromas de nostálgica orientalidad que sustituyó, no a la primitiva brusquedad visigoda que se fue teñida de rojo aguas abajo del Guadalete; ni tampoco al aparente refinamiento romano que los precedió, sino a la feliz ingenuidad de los pueblos ibero-tartésicos que medraban en paz a la sombra del Sol, cuyo declive comenzó a la par que Hércules amenazaba con su maza y los fenicios descubrían sus inconmensurables riquezas. Los silencios de Andalucía que, paradójicamente, son himnos de esperanza y libertad. Cómo me gustaría volar por estos lugares y sentirlos con la magia del ojo de una bruja. Un abrazo

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    1. Hola Juan Carlos! Gracias por volar por mi blog y por tu comentario, estos lugares son mágicos, donde los seres fabulosos vuelan libremente duendes, brujas y fantasmas, todo un elenco de fantasía. El sur hay que vivirlo, mis padres proceden del Sur, como te he dicho muchas veces y recuerdo mi infancia con mi abuela en torno a un patio andaluz onubense,las calles blancas, mi abuela y mis tíos encalando en abril o mayo, antes del calor, la cal, que cubrieron las pinturas de muchas iglesias del norte, usada para evitar los contagios, la cal blanca y pura, que recubre las fachadas.
      Te iba a gustar, seguro, y tendrás que volar estas lindes, seguro, son pueblos que no puede dejar de ver un peregrino como tú, y lo harás con una persona especial, no sé si fantástica pero seguro que especial sí, hay muchas mujeres especiales en tu camino, rey moro, jaja.
      Un beso.

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